Infrinjo toda paciencia
No hay paz no hay ciencia
Que inocule mis venas
Hinchadas de esperar
La soledad se refugia ilesa
En mis brazos que tremolan
No hay más pena que su sombra
Que trepida el despertar
Venga para su castigo
Azul y punzante olvido
Que no hay pasión más insana
Que las coplas aladas
Susurradas por la astucia
Venga para su castigo
Azul y punzante olvido.
jueves, 17 de enero de 2008
jueves, 13 de diciembre de 2007
Secreto
Cuando exhaló la bocanada de aire, tenía los ojos acuosos. Esperaba ese secreto estridente que le iba a ser entregado. Por eso, sudaba y exhalaba como ritual de suerte. Pensó que el ser humano se vería ridículo invocando a la fortuna, pero luego especuló que no temía a la risa, al espanto ajeno. Después de todo, las sensaciones serían fatuas y breves, como cualquier sensación. La mordida de una sierpe, la inyección en la vena corrupta, el amor, la muerte. A través de la jaula que descansaba junto a él, vio algo atrapado. Sentía su ulular callado. Las verticales no le dejaban observar con firmeza. Traspasó con sus dedos el metal herrumbrado, pero lo otro se alejaba. No sabía cuál era la dimensión exacta de aquella jaula, pero le pareció laberíntica. Trató de mirar nuevamente, pero los barrotes se engrosaron. Finalmente, dejó a eso que latía en su celda. Evidentemente, no quería ser liberado.
Cuando retiró la mano, comprobó que su piel estaba atravesada por tenues cortes de sangre determinados por las barras de la jaula. No se inquietó por ese humor verde que se mezclaba con el rojo.
Ahora que esperaba al secreto, la mano comenzó a inflamarse. El ardor era irritante y sus nervios palpitaban incesantemente. No podía mitigar esa dolencia que envolvía su mano y se extendía paso a paso a todo su brazo. No quería desistir. Debía esperar, esperar aquel secreto que había ansiado por años. Que se lo trajeran, se lo depositaran como algo vivo entre sus brazos. Pero ahora, dolían, quemaban, trepidaban.
Poco a poco, la sensación de asfixia y ardor se trasladó a sus dos brazos; los surcos de la piel se dilataban a pasos agigantados. Sus fuertes brazos, que aguardaban aquel precioso arcano, se cubrían de llagas y laceraciones. Pronto, comenzaron a podrirse. La carne se chamuscaba fruto de un fuego oculto. A menudo, se lamentaba por haber metido sus manos en la jaula. Un intento fallido e inocuo; inícuo, quizás, ahora. Entre las lágrimas que traslucían sus ojos, observaba a la carne morir, abatirse, doblarse como viejos papeles. Corrió hacia un espejo. Su torso carecía de brazos. Se desplomaban los últimos jirones de músculos. Gritó. En ese momento, oyó la señal. El mensajero se situó frente a él. Extendió sus brazos que contenían aquel montículo tan preciado. Abatido, con su carne hecha trizas, intentó asirlo. Imploró ayuda a aquel enviado. Mudo, el mensajero dejó caer aquel montón que se desintegró sobre el suelo.
Cuando retiró la mano, comprobó que su piel estaba atravesada por tenues cortes de sangre determinados por las barras de la jaula. No se inquietó por ese humor verde que se mezclaba con el rojo.
Ahora que esperaba al secreto, la mano comenzó a inflamarse. El ardor era irritante y sus nervios palpitaban incesantemente. No podía mitigar esa dolencia que envolvía su mano y se extendía paso a paso a todo su brazo. No quería desistir. Debía esperar, esperar aquel secreto que había ansiado por años. Que se lo trajeran, se lo depositaran como algo vivo entre sus brazos. Pero ahora, dolían, quemaban, trepidaban.
Poco a poco, la sensación de asfixia y ardor se trasladó a sus dos brazos; los surcos de la piel se dilataban a pasos agigantados. Sus fuertes brazos, que aguardaban aquel precioso arcano, se cubrían de llagas y laceraciones. Pronto, comenzaron a podrirse. La carne se chamuscaba fruto de un fuego oculto. A menudo, se lamentaba por haber metido sus manos en la jaula. Un intento fallido e inocuo; inícuo, quizás, ahora. Entre las lágrimas que traslucían sus ojos, observaba a la carne morir, abatirse, doblarse como viejos papeles. Corrió hacia un espejo. Su torso carecía de brazos. Se desplomaban los últimos jirones de músculos. Gritó. En ese momento, oyó la señal. El mensajero se situó frente a él. Extendió sus brazos que contenían aquel montículo tan preciado. Abatido, con su carne hecha trizas, intentó asirlo. Imploró ayuda a aquel enviado. Mudo, el mensajero dejó caer aquel montón que se desintegró sobre el suelo.
miércoles, 31 de octubre de 2007
Caída
Siempre contabas con el alma de la queja. Remedabas el miedo con un pudor descarado. Detenías la mirada con un puñado de lágrimas filosas. Confiabas en el poder de la miseria.
Desde ahora, te vestiste de derrota lasciva. Y tenés miedo cruento, real y ardiente. Te quema los labios. Aquellos que lastimaste de palabras. Te remeda a vos el miedo. Con sus estambres eléctricos peciolados bellos. El lamento te preña, ahora, sí, sentís la criatura viva rompiendo los músculos carmesíes. Muy dentro de, de adentro, dentro de unos instantes te golpeará con sus pies gelatinosos ese miedo con que anegaste tu sangre estéril y actoral actuar la vida subterfugio de la queja disfrazar persona de alma de sangre y queja
y rabia homicida
naturalicida
egoicida
Erigirás tu próxima venganza con el hastío
Desde ahora, te vestiste de derrota lasciva. Y tenés miedo cruento, real y ardiente. Te quema los labios. Aquellos que lastimaste de palabras. Te remeda a vos el miedo. Con sus estambres eléctricos peciolados bellos. El lamento te preña, ahora, sí, sentís la criatura viva rompiendo los músculos carmesíes. Muy dentro de, de adentro, dentro de unos instantes te golpeará con sus pies gelatinosos ese miedo con que anegaste tu sangre estéril y actoral actuar la vida subterfugio de la queja disfrazar persona de alma de sangre y queja
y rabia homicida
naturalicida
egoicida
Erigirás tu próxima venganza con el hastío
martes, 11 de septiembre de 2007
Pro + spectus
(Hemos recuperado aún este crepúsculo)
de las crasas guillotinas del alba
Hemos señalado aún en este crepúsculo
a los párpados livianos de la noche.
Ellos
Traerán en el torrente acre
La aguada
Grotesca
Del día
Nosotros
Rutilaremos las esquirlas
Cuando podamos
Guarecer los ojos.
Toda perspectiva es una condena.
de las crasas guillotinas del alba
Hemos señalado aún en este crepúsculo
a los párpados livianos de la noche.
Ellos
Traerán en el torrente acre
La aguada
Grotesca
Del día
Nosotros
Rutilaremos las esquirlas
Cuando podamos
Guarecer los ojos.
Toda perspectiva es una condena.
jueves, 12 de julio de 2007
Consoladme niñas al alba
lunes, 25 de junio de 2007
Ayer del mañana
Tengo una grieta entreverada
Entre la nada y el corazón.
Esperaré
En la cima del pasado
la tragedia urgente
que pudre mi seno
Parí , yermo tiempo,
la presencia suicida
No existe nada
Que desee más
Que el temblor de la certidumbre.
Entre la nada y el corazón.
Esperaré
En la cima del pasado
la tragedia urgente
que pudre mi seno
Parí , yermo tiempo,
la presencia suicida
No existe nada
Que desee más
Que el temblor de la certidumbre.
domingo, 17 de junio de 2007
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